ALCOBA
ESTEBAN
MURILLO
HABITACION DE "NO FUMAR"
Esta alcoba fue originalmente la alcoba matrimonial y tiene
una cama tamaño Queen. Una escalera de piedra conduce a un
tapanco donde hay un sofá-cama y un escritorio.
Como todas las alcobas de "Estrella de Belem", tiene baño
con tina,
ventanas aislantes, piso radiante (calefacción), aire
acondicionado,
televisor con pantalla de cuarzo líquido, internet de alta
velocidad,
caja de seguridad electrónica y teléfono de
marcación directa. El
mobiliario es de estilo campestre francés y está hecho de
madera de
alder, un árbol originario de las islas británicas al que
celtas y
escoceses consideraban sagrado.
El óleo que adorna la habitación es una copia de "La
adoración de los pastores" de Murillo. Esta obra muestra una
importante influencia de la obra de Ribera, sin olvidar a
Zurbarán y al joven Velázquez. Murillo ha dejado en
penumbra a San José, que era el protagonista de la Sagrada
Familia del Pajarito, iluminando a la Virgen y al Niño. Junto a
ellos, dos pastores y una pastora entregan sus presentes: un cordero,
huevos y una gallina. El realismo que caracteriza a las figuras tiene
una clara muestra en los pies sucios de los pastores, como ya
había hecho Caravaggio en Roma, mientras que la oveja recuerda
el Agnus Dei de Zurbarán, que debía ser muy comentado en
la capital andaluza por aquellas fechas. Los tonos predominantes son
los típicos del Naturalismo: marrones, blancos, sienas y pardos
que contrastan con los rojos y azules intensos. La pincelada minuciosa
del pintor muestra todo tipo de detalles, desde los pliegues de los
paños hasta las briznas de paja del pesebre. La
composición carece de profundidad, como era habitual, al
cerrarse con un fondo neutro normalmente muy oscuro, marcando una
típica diagonal barroca aunque aquí no sea muy
pronunciada.
Bartolomé Esteban Murillo es quizá el pintor que mejor
define el Barroco español. Nació en Sevilla, donde
pasó la mayor parte de su vida, en 1617. La fecha exacta de su
nacimiento nos es desconocida pero debió ser en los
últimos días del año ya que fue bautizado el 1 de
enero de 1618 en la iglesia de la Magdalena. La costumbre en la Edad
Moderna era bautizar al neonato a los pocos días del nacimiento
por lo que los especialistas se inclinan a pensar en esta posibilidad.
Su padre era un cirujano barbero llamado Gaspar Esteban y su madre se
llamaba María Pérez Murillo, siendo este último
apellido materno el elegido por el artista para darse a conocer en el
mundo artístico sevillano. Constituían una familia
numerosa y el pequeño Bartolomé era el hijo número
catorce. La situación económica de la familia era
bastante aceptable y el futuro pintor se criaría sin
estrecheces. Pero en cuestión de un año fallece el padre
(1627) y la madre (1628) por lo que el joven Bartolomé
pasará al cuidado de su hermana Ana, casada con un barbero
cirujano de nombre Juan Agustín de Lagares. Las relaciones entre
los cuñados serían muy buenas, tal y como atestigua que
Murillo fuera designado albacea testamentario por su cuñado. No
disponemos de más datos hasta que en 1633 firma un documento en
el que declara su intención de emigrar al Nuevo Mundo. El viaje
lo realizaría con su hermana María, su cuñado el
doctor Gerónimo Díaz de Pavía y su primo
Bartolomé Pérez. Pero el dicho viaje nunca se
produciría y Murillo inicia su aprendizaje artístico con
Juan del Castillo, en cuyo taller permanecerá cinco años.
Palomino dice que Del Castillo era tío de Murillo aunque no
podemos asegurarlo categóricamente; posiblemente existiera entre
ambos algún parentesco y esto pesó a la hora de hacer la
elección. Del Castillo no era un artista de primera fila pero
sus trabajos eran respetados en el ambiente artístico sevillano
y tenía un buen número de encargos, colaborando Alonso
Cano en el taller. Los primeros cuadros de Murillo están muy
influidos por el estilo del maestro como se puede apreciar en la Virgen
del Rosario con santo Domingo. El estilo de Cano apenas se puede
apreciar en estas obras, posiblemente porque el granadino dedicaba
más tiempo a la escultura. En 1645 Murillo recibe su primer
encargo de importancia. Se trata de la serie de trece lienzos para el
Claustro Chico del convento de San Francisco en Sevilla. En estas obras
muestra una notable influencia de Van Dyck, Tiziano y Rubens, lo que
hace pensar a algunos en un posible viaje a Madrid, apoyándose
en los datos aportados por Palomino y Ceán Bermúdez. No
existe base documental para apoyar esta teoría por lo que si
realizó el viaje a la Corte quedó en el más
absoluto anonimato. Este año de 1645 será de gran
importancia para el artista porque se casa el 26 de febrero. La elegida
se llamaba Beatriz Cabrera y Villalobos, joven sevillana de 22
años, vecina de la parroquia de la Magdalena donde se
celebró el enlace. En los 18 años que duró el
matrimonio tuvieron una amplia descendencia: un total de nueve hijos.
El éxito alcanzado con la serie del Claustro Chico -al aportar
un estilo más novedoso que los veteranos Herrera el Viejo o
Zurbarán- motivará el aumento del número de
encargos. Por ello en 1646 ingresa en su taller un joven aprendiz
llamado Manuel Campos al tiempo que debe buscar una casa más
amplia para organizar un taller. Se traslada a la calle Corral del Rey
donde sufrió la terrible epidemia de peste que asoló la
zona de Andalucía -y en especial Sevilla- en 1649. La mitad de
la población de la capital perdió la vida y entre los
muertos debemos contar a los cuatro pequeños hijos del
matrimonio Murillo. La crisis económica que vive la ciudad no
impide que los encargos continúen a buen ritmo, siendo uno de
los más importantes el enorme lienzo de la Inmaculada
Concepción para la iglesia de los Franciscanos, llamada "La
Grande" por su tamaño. En 1658 se traslada a Madrid donde es muy
probable que conociese a Velázquez, quien le pondría en
contacto con las colecciones reales donde tomaría contacto con
la pintura flamenca y veneciana. Alonso Cano, Zurbarán y los
artistas madrileños de esta generación también
pudieron ser visitados por el sevillano pero no existen documentos que
nos lo aseguren. A finales de 1658 Murillo está de nuevo en
Sevilla, apareciendo como vecino de la parroquia de Santa Cruz donde
permaneció hasta 1663 que se trasladaría a la de San
Bartolomé. Los numerosos encargos que recibía le
permitían disfrutar de una saneada economía,
complementando estos ingresos con las rentas de sus propiedades urbanas
en Sevilla y las de su mujer en el pueblo de Pilas. Tenía tres
aprendices en el taller y una esclava que colaboraba en las tareas del
hogar. El 11 de enero de 1660 funda una Academia de Dibujo en Sevilla,
en colaboración con Francisco de Herrera el Mozo. Los dos
artistas compartieron la presidencia durante el primer año de
funcionamiento de esta escuela en la que los aprendices y los artistas
se reunían para estudiar y dibujar del natural, por lo que se
contrataron modelos. La presidencia de la Academia será
abandonada por Murillo en 1663, siendo sustituido por Juan de
Valdés Leal. Precisamente será en 1663 cuando Murillo
quede viudo al fallecer su esposa como consecuencia del último
parto. De los nueve hijos sólo sobrevivían en aquel
momento cuatro: Francisca María, José, Gabriel y Gaspar.
Gabriel partió para América en 1677 y los tres restantes
siguieron la carrera religiosa, llegando Gaspar a ser canónigo
de la catedral sevillana. El periodo más fecundo de Murillo se
inicia en 1665 con el encargo de los lienzos para Santa María la
Blanca -el Sueño del Patricio y el Patricio relatando su
sueño al papa Liberio- con lo que consiguió aumentar su
fama y recibir un amplio número de encargos: las pinturas del
retablo mayor y las capillas laterales de la iglesia de los capuchinos
de Sevilla y las pinturas de la Sala Capitular de la catedral
sevillana. Ese mismo año de 1665 Murillo ingresa en la
Cofradía de la Santa Caridad lo que le permitió realizar
uno de sus trabajos más interesantes: la decoración del
templo del Hospital de la Caridad de Sevilla, encargo realizado por don
Miguel de Mañara, un gran amigo del artista. La fama alcanzada
por Murillo se extenderá por todo el país, llegando a la
corte madrileña donde, según cuenta Palomino, el propio
rey Carlos II invitó a Murillo a asentarse en Madrid. El artista
rechazó el ofrecimiento alegando razones de edad. En 1681
Murillo aparece documentado en su nueva residencia de la parroquia de
Santa Cruz. Allí recibió el último encargo: las
pinturas para el retablo de la iglesia del convento capuchino de Santa
Catalina de Cádiz. Cuando trabajaba en esta encargo
sufrió una caída al estar pintando las partes superiores
del cuadro principal. A consecuencia de la caída, algunos meses
más tarde, falleció el 3 de abril de 1682, de manera
repentina ya que no llegó a acabar de dictar su testamento. En
él pide que se le entierre en la parroquia de Santa Cruz y que
se digan unas misas por su alma, nombrando como albaceas a su hijo
Gaspar Esteban, don Justino de Neve y Pedro Núñez de
Villavicencio. Los herederos de la pequeña fortuna acumulada
serían sus hijos Gaspar y Gabriel. Según su primer
biógrafo, Sandrart, en el entierro de Murillo hubo una gran
concurrencia de público y el féretro fue portado por dos
marqueses y cuatro caballeros. Siguiendo el testamento, fue enterrado
en una capilla de la iglesia de Santa Cruz, templo que fue destruido
por las tropas francesas en 1811. Una placa colocada en la plaza de
Santa Cruz en 1858 señala el lugar aproximado donde reposan los
restos del gran artista sevillano. Dos elementos clave en la obra de
Murillo serán la luz y el color. En sus primeros trabajos emplea
una luz uniforme, sin apenas recurrir a los contrastes. Este estilo
cambia en la década de 1640 cuando trabaja en el claustro de San
Francisco donde se aprecia un marcado acento tenebrista, muy
influenciado por Zurbarán y Ribera. Esta estilo se
mantendrá hasta 1655, momento en el que Murillo asimila la
manera de trabajar de Herrera el Mozo, con sus transparencias y juegos
de contraluces, tomados de Van Dyck, Rubens y la escuela veneciana.
Otra de las características de este nuevo estilo será el
empleo de sutiles gradaciones lumínicas con las que consigue
crear una sensacional perspectiva aérea, acompañada del
empleo de tonalidades transparentes y efectos luminosos
resplandecientes. El empleo de una pincelada suelta y ligera define
claramente esta etapa. Las obras de Murillo alcanzaron gran popularidad
y durante el Romanticismo se hicieron numerosas copias, que fueron
vendidas como auténticos "Murillos" a los extranjeros que
visitaban España.